Ramón Martínez (Grandal), La Ciudad de las Columnas

Hacia finales de los años ochenta del pasado siglo la representación de la ciudad y la arquitectura cubana inició su verdadero protagonismo en la producción fotográfica de la Isla. Con la senectud de una década, conocida como Prodigiosa, y la aparición de noveles creadores, la arquitectura, la ciudad –especialmente La Habana– y la forma urbana en su generalidad, se impusieron como fuente inspiradora y motivo recurrente en la visualidad fotográfica nacional.

Es a partir de esa época que se reconoce como una tendencia privilegiada, una temática hegemónica en el entramado visual contemporáneo. Los espacios urbanos se vuelven objetivos a explotar, pretextos para un discurso mayormente subjetivo y de un acentuado matiz vanguardista. El fotógrafo ¨desviste¨ la ciudad para dialogar sobre realidades diversas, desde la transgresión del lenguaje y la heterodoxia de la imagen.

Entre 1988 y 1990 varios fotógrafos, emergentes y consagrados, optaron por la exploración de zonas urbanas de convivencia para establecer una relación más conceptual entre el hombre (el creador) y su escenario más inmediato, motivados quizás por la búsqueda de autoreconocimiento en lo externo o la necesidad de renovar enfoques. Fue el ser (léase hombre o mujer) en su proyección social o en su intrínseca relación con el entorno edificado, quien comenzó a comandar paradójicamente el fotodocumentalismo más atractivo de la etapa.

Los “clásicos” años sesenta o los desconocidos setenta contemplaron la supremacía de la fotografía de reportaje, de ensayo, o de puro documento, con limitadas incursiones en la subversión del símbolo o la experimentación sobre los discursos realistas. En el tránsito ochenta–noventa, algunos de los lentes más inquietos del panorama apuntaron a la toma del individuo y la indagación de sus espacios vitales. Tanto el más íntimo (el doméstico), como el más colectivo y plural (la ciudad en sus múltiples facetas), se articulan en el quehacer de muchos de los considerados Nuevos Fotógrafos de la Revolución (o la también nombrada en 1992 “última promoción de fotógrafos de la generación de la Revolución”: Juan Carlos Alom, Katia García, Pedro Abascal, René Peña, Manuel Piña, Nelson Alfonso (Pinty), Juan Carlos Borjas, Carlos Mayol y José Ney, o Nueva Generación de Fotógrafos Cubanos (según el crítico e historiador Juan Antonio Molina: Eduardo Muñoz Ordoqui, Marta María Pérez, René Peña y Juan Carlos Alom).

La nueva visión ofreció otras coordenadas, entre ellas la emergencia de las poéticas personales. Aparecen temas y visiones antes relegados: la vejez, el cuerpo humano (desnudo, semidesnudo, masculino, femenino, fragmentado, grupal, negro, blanco, mestizo o autorretratado), la precariedad, la emigración, la homosexualidad, la religión, la marginalidad, las costumbres y creencias populares, la huella del sujeto en los espacios sociales, y el enaltecimiento de la subjetividad o la llamada parábola visual, fueron en su mayoría los derroteros de la nueva fotografía. Desde un ángulo semejante, la ciudad, la arquitectura o la casa misma asomaron como asunto relevante.

Así surge una mirada doble hacia el espacio urbano. Una, que refiere la identificación con lo introspectivo, es decir, un acoplamiento del espacio íntimo y particular al espacio público o compartido. Y otra, que se abre al espacio edificado en busca de alegorías, significaciones usuales o detalles arquitectónicos donde colgar fracciones de un testimonio personal.

Rene Peña, De la serie Hacia adentro, 1991
Courtesy CubanGallery.net

Como parte de la primera línea interpretativa cuentan las obras iniciales de René Peña (serie “Hacia Adentro”, comenzada en 1989) y del prometedor fotorreportero matancero Ramón Pacheco (serie “Convivencias”, realizada entre 1991 y 1996). Ambas exponen el micromundo de lo cotidiano y lo marginal (una precaria vivienda, cuartos de un solar). Mas en la segunda mirada aparecen las piezas de Manuel Piña (serie “Aguas Baldías”, concebida desde los primeros años del noventa y expuesta en 1994) y un Carlos Garaicoa ya perfilado (la intervención pública en un edificio habanero “Homenaje al Hotel San Carlos” realizada en 1991), donde la capital –o su tejido urbano– se convierte en protagonista.

Las miradas sobre el espacio común no se reducen a las clasificaciones básicas de mundo interior / mundo exterior. Desde los años noventa hasta el presente, podemos trazar una línea divisoria entre las imágenes que asumen la ciudad desde su parcela antigua o colonial, y aquellas que captan con exclusividad la ciudad moderna. También entre esas obras que abordan el asunto arquitectura habanera como centro y motivo medular, y otras que lo utilizan tal pretexto temático, fuente viva de la que emanan diversas anotaciones sobre la sociedad cubana.

En esos heterogéneos caminos de la interpretación se distinguen cuatro modelos u órdenes sobre las maneras de afrontar el tema. Uno primero que ve el trabajo directo sobre la urbe, sin adornos metafóricos, con un sentido, ya sea estético o conceptual, indiviso. Este se manifiesta formalmente mediante vistas de detalles arquitectónicos, de piezas, señales o fachadas. Un segundo, donde prima la objetualización de la ciudad o de sus espacios cívicos; expresándose en imágenes con un amplio margen a la idealización de lo retratado. O lo que de otro modo se nombra ficcionar el documento. Un tercer tipo que esgrime la arquitectura como referente para configurar un discurso no necesariamente arquitectónico. Y un último patrón que aúna la arquitectura como vía de ilustración cultural y reflejo de identidad (como las magníficas imágenes realizadas para la ¨Guía de Arquitectura de La Habana¨, 1998, Junta de Andalucía y Agencia Española de Cooperación Internacional). Modelos que conviven en íntegra armonía.

La Ciudad y las Columnas

Lissette Solorzano
Cortesía Havana Cultura

Nombres como Ramón Martínez (Grandal), Enrique de la Uz y Lissette Solórzano, aunque pertenecen a diferentes promociones, convergen en haber tratado la arquitectura colonial cubana en el esplendor de sus fragmentos mediante la manipulación de encuadres y el lucimiento técnico–formal. La obra referida de Grandal, iniciada en los muy tempranos años 70 (fotos de 1974, que ilustran la edición de 1982 del ensayo ¨La Ciudad de las Columnas¨ de Alejo Carpentier, por Letras Cubanas), se valió de la estética documental del fragmento para dialogar sobre la riqueza del volumen y el ambiente en sitios tradicionales de la otrora Habana intramuros. El fotógrafo registró con luz natural columnas y soportales acompasados por sus manieristas y contrastadas sombras; ofreciendo La Habana de Carpentier en una de las más exquisitas series, en el clasicismo del blanco y negro, de la historia del arte cubano.

Las imágenes de Enrique de la Uz alaban el documento y el ángulo. Vuelven sobre las fracciones visualmente sugerentes de tipologías arquitectónicas coloniales. Fotografías en contrapicada que exhiben retazos de la fachada de la Catedral de La Habana, enfatizando sus arritmáticos bordes, son algunas de sus más atractivas formulaciones.

Lissette Solorzano
Cortesía Havana Cultura

En otro nivel textual, Lissette Solórzano concibe una serie homenaje a los sutiles encantos aún presentes en construcciones coloniales del Centro Histórico de la ciudad. Es un conjunto de piezas monocromáticas sobre papel manipulado que la artista realiza desde finales de los noventa y exhibe en el año 2000. “La Pátina del Tiempo” (nombre de la serie y de la exposición, presentada en el entonces Centro Cultural de España) es el resultado de un verdadero y yuxtapuesto ensayo fotográfico, donde a partir del manejo técnico y el cuidado de los enfoques y las composiciones se le conceden ciertas evocaciones simbólicas a un fotodocumentalismo de detalles y ocasión. Destacan en estas obras la apreciación de los elementos, tantos funcionales como estéticos, de la vivienda colonial, y la recreación, marcada por un discurso autoral, de las pequeñas formas esculpidas (aldabas, cerrojos, tiradores…).

Desde los años noventa, el Cerro como referente arquitectónico es otro de los tópicos a representar con relativa constancia en la fotografía. La galería de arte municipal Teodoro Ramos Blancos, incentivó la producción de imágenes centradas en la cultura e identidad de la región, como parte de las Fotobienales “La Llave del Cerro”. La arquitectura fue una de las claves culturales trabajada con manifiesta pluralidad. Así, el Gran Premio de la tercera edición de esta Fotobienal (1997, una de las más promocionadas), recayó en la serie “Rejas del Cerro” de José Castañeda, abarcador ensayo sobre la herrería (historicidad y tipologías) que exhiben las casas quintas situadas en ese decimonónico y populoso punto urbano de la capital.

Próximo: Buscando símbolos en fachadas, monumentos y el Malecón.

Grethel Morell Otero(Camagüey, Cuba, 1977). Historiadora de la fotografía cubana, curadora y crítica de arte. Ha escrito extensamente sobre el cuerpo, el desnudo y el erotismo en la fotografía cubana contemporánea, la mujer en la fotografía cubana del siglo XIX y el foto documentalismo de la década de los años 70. Co-curadora de La Mirada Perdida, Cuba 1970-1984. Miembro de la UNEAC y AICA, Asociación Internacional de Críticos de Arte.