Wednesday December 13, 2017

"Volumen I" o el Big Bang del arte cubano contemporáneo.

Hace tres décadas, la exhibición Volumen I iniciaba el camino del nuevo arte cubano.

Rubén Torres Llorca, Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, 1987

El día 14 de enero de 1981 el Centro de Arte Internacional, situado en la calle Galiano, inauguraba la exhibición Volumen I. En la exposición colectiva participaban once artistas cubanos, graduados de la Academia San Alejandro o el recientemente creado Instituto Superior de Arte: José Bedia (1959) Juan Francisco Elso Padilla (1956-1988) José Manuel Fors (1956) Flavio Garciandía (1954) Israel León (1957) Rogelio López Marín (Gory) (1953) Gustavo Pérez Monzón (1956) Ricardo Rodríguez Brey (1956) Tomás Sánchez (1948) Leandro Soto (1956) Rubén Torres Llorca (1957). La muestra era el resultado final de un intenso intercambio personal y artístico entre varios de ellos, exposiciones frustradas e ideas comunes.

Con “el salto del venado”, Volumen I mostraría los nuevos horizontes del arte de la isla en los años posteriores. Con performances e instalaciones, arte de proceso, referencias a las culturas populares, neo-expresionismo postmoderno, manipulaciones fotográficas, hiperrealismo poético, arte numérico-serial, las propuestas de Volumen I se alejaban de la mera ilustración de cánones políticos y de las representaciones realistas. Eran contemporáneos de la potente mirada neorrealista producida por los fotógrafos documentales (Iván Cañas, Grandal, Gory, Tito Álvarez, Figueroa, Mayito, Marucha, Rodríguez Ante, Rigoberto Romero, De la Uz, Ernesto Fernández, entre otros) pero deseaban expandir la pintura más allá de los límites aún existentes. Para ello, contaron con la agudeza conceptual de un crítico de lujo: Gerardo Mosquera.

Como expresó Rachel Weiss en su nuevo libro, Hacia y desde la Utopía en el Nuevo Arte Cubano (University of Minnesota Press):

"Volumen I fue un fenómeno de masas, atrayendo más de 10 000 visitantes en durante dos semanas. El Ministro de Cultura la visitó. Los artistas hicieron su propia promoción mediante altavoces que desde la galería proyectaban música rock hacia la calle. "Fue una fiesta" enfatiza Mosquera- "viva, juvenil. Una energía y entusiasmo renovados emergía de aquí. Uno sentía que de este evento saldrían cambios".

Volumen I marcó el fin de una década marcada por el dogmatismo y el inicio de un proceso cultural irreversible. Un año antes, casi 125 000 cubanos (entre ellos el escritor Reinaldo Arenas) emigraban desde el puerto cubano de El Mariel hacia las costas de Estados Unidos, bajo la detente del gobierno cubano y la administración Carter. En el aspecto cultural, la fundación en 1976 del Ministerio de Cultura -dirigido por Armando Hart, combatiente del 26 de Julio, contradecía la política dogmática de las autoridades precedentes (el llamado Quinquenio Gris) pero personalidades como los poetas José Lezama Lima y Virgilio Piñera morían a fines de la década rodeados aún por el ostracismo.

Las doctrinas estéticas oficiales: la consigna “El Arte es un Arma de la Revolución” y el pensamiento soviético más ortodoxo seguían vigentes pero fueron expandidos hasta incluir –no sin controversia- tendencias como el Fotorrealismo, la Abstracción y un realismo mágico de raíz campesina. En el Instituto Superior de Arte los profesores de la URSS enseñaban la academia pictórica más radical, pero con excepción de Polonia, el arte de Europa del Este difundido en la isla no provocaba resonancias en los jóvenes creadores. El nuevo ministerio estimuló la creación de instituciones y plataformas promocionales, como los Salones Juveniles de Arte que legitimaron la “generación de la esperanza cierta”, mas los prejuicios sobre el mercado de arte “capitalista” bloquearon la creación de galerías capaces de vender fuera de la isla el arte cubano creado desde los años de la Vanguardia. Los artistas obtenían su salario como profesores, diseñadores, restauradores: era impensable vivir de la creación pura.

La celebración de Volumen I no cambió todo de golpe, pero fue el punto inicial de una “bola de nieve” que se desataría con fuerza incontenible hacia el final de la década de los 80. De la mano de la artista cubano-americana Ana Mendieta, del activista norteamericano Rudolf Baranik, pronto conocerían de primera mano el arte internacional en Nueva York, y captaron la atención de las universidades de ese país. Fueron voceros de un arte cubano sin complejos de inferioridad y la primera generación de artistas cubanos que cruzaron “la cortina de hierro” antes de la caída del Muro de Berlín. Dentro de la isla, se convirtieron en personalidades de culto para los más jóvenes, y como profesores del Instituto Superior de Arte formaron las nuevas generaciones de creadores cubanos, atentos a la expresión libre de su contexto social.

Tras el camino abierto por Volumen I, los artistas se convirtieron en curadores, armados con toda la actualidad teórica internacional y capaces de disputar el espacio público a la hegemonía tradicional de los políticos. Bautizado como “Renacimiento Cubano” por el artista y crítico uruguayo Luis Camnitzer, el nuevo arte cubano desató el surgimiento de numerosos colectivos, dúos y tríos de artistas, capaces de compartir ideas y manos en la realización y difusión de sus obras. Como haría años después el arte chino, desafiaron las retóricas oficiales imperantes en la sociedad y lograron inscribir estos cambios en la historia del arte y la sociedad cubana. Concentrados en lograr el arte más radical y comprometido, rompieron el aislamiento del arte de la isla y forzaron el reconocimiento de su aporte por parte de museos, curadores, galeristas.