Friday December 15, 2017

Teatro El Público: Veinte años de provocación

En el aniversario de este colectivo, el director Carlos Díaz abre sus puertas a confesiones y homenajes.

Carlos Díaz

En el panorama teatral cubano, el nombre de Carlos Díaz (Bejucal, 1955) está asociado siempre a alguna forma de provocación. Desde que este director estrenó en la sala Covarrubias del Teatro Nacional su Trilogía de Teatro Norteamericano, fijó un sello particular ya imprescindible: una poética signada por una visualidad exuberante, la relectura subversiva de los grandes textos de la escena mundial, y un juego constante con claves y signos que el espectador disfruta de manera cómplice.

Director desde 1992 de Teatro El Público, este conjunto celebra hoy veinte años de trabajo. En 1990 tuvo su premier con Zoológico de cristal, a la que siguieron Té y simpatía y Un tranvía llamado deseo. A fines del 2010 se celebró en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba un coloquio sobre su quehacer. En estos días, el Centro Hispanoamericano de Cultura exhibe la muestra “Lo que se sabe no se pregunta”, una revisión lúdica de esas dos décadas de la obsesión que para Carlos es el teatro. Sobre eso y mucho más, conversaremos en esta entrevista.

Carlos Díaz, tu irrupción en el ámbito teatral cubano se produjo en un instante muy particular, a inicios de la década del 90 en la que iban a cambiar muchas cosas radicalmente, no solo para el teatro cubano. Junto a la ruptura que implicaba tu modo de leer esos textos ya famosos y probados con la Trilogía…, se arriesgaban otros creadores que, como tú y por otros caminos, querían introducir nuevas señales en los escenarios de la Isla. ¿Cómo se produce tu debut y cómo te relacionaste con esos otros creadores de aquel momento: plásticos, dramaturgos, escritores, coreógrafos, etc.?

Pienso que había un silencio, algo que queríamos romper con nuevas formas, y se dio la oportunidad. En mi caso, porque Pedro Rentería, director entonces del Teatro Nacional de Cuba, me dejó hacer lo que yo le proponía. Fíjate que aparecemos directores como Víctor Varela, y yo; estaba Marianela Boán con DanzAbierta, estuvo el Ballet Teatro de la Habana con el que yo trabajé como asesor. Queríamos probarnos en la escena.

Y al mismo tiempo, Raquel Revuelta al frente del Consejo Nacional de Artes Escénicas, aprueba una nueva estructura de trabajo, porque se dan cuenta que las grandes compañías existentes ya no podían generar nuevas dinámicas. Ese sistema de proyectos ha tenido sus pro y sus contra, pero en ese momento era necesario. Del cansancio que mostraban algunos nació la posibilidad de que llegaran otros. Había que aparecer, y lo que más me llevó a lanzarme fue mi anhelo de tener un teatro, un público, aunque en ese momento la idea de tener un grupo propio era francamente insoñable.

Desde la propia Trilogía, y luego ya con Teatro El Público, te has rodeado de artistas no solo del mundo de la escena, sino que has convocado además pintores, músicos, diseñadores, coreógrafos… ¿Ha sido eso parte de una simple necesidad, o una intención en la que persistirás como parte de tu trabajo?

Es una intención, el sueño que uno tiene de ir uniendo en cada proceso el ideal de cada especialidad que puede aportar algo. Va siendo cada vez más difícil pagarle a un músico una banda sonora original, hoy es casi imposible soñar con unas realizaciones de escenografía y vestuario como las que pudimos tener en el momento de la Trilogía… Cada momento te impone ciertas condiciones y problemas, y aunque yo no pueda soñar con eso, sí quiero mantener a mi alrededor a gente talentosa, que entre a mi grupo a colaborar con lo que mejor sabe.

He tratado de trabajar no con los “mejores”, pero sí con muy buenos actores, por ejemplo. Cuando empiezo a estudiar una obra, ese texto te comienza a exigir una calidad de actores y actrices que no siempre puedes contratar, pero parto de ese anhelo. Hay directores que se pueden dar el gusto de hacer una Bernarda Alba pensando en Nuria Espert, o una Fedra pensando en Ana Belén. Es algo que a veces no se entiende. La crítica a veces ha estado en función de pensar en el ideal de un actor para una puesta en escena pero no se detiene a analizar cuál es el actor que el director tiene de verdad en el escenario y por qué está trabajando con él.

Como director tengo la opción de hacer Un tranvía llamado deseo no con el intérprete que la convención nos diga que es el ideal, sino con el que puedo y el que me da ánimos para arriesgarme. A veces te aplican unos patrones que no son los de la obra que, con las características de este momento, tú has hecho. Tengo que pasar por encima de eso y convocar al talento que me estimule. Eso ha sido la historia del grupo, en estos veinte años.

Entre las emociones que he vivido en Teatro El Público, está aquella noche en que se representaba Calígula, y Roberto Blanco fue a ver la función. Habías trabajado con él como asesor en su Teatro Irrumpe, hasta que tuviste que abandonar ese sitio y pasar a otras experiencias, como la posibilidad de una compañía propia. El teatro se hace de esos recuerdos, de esos reencuentros, de esos caminos dispersos. ¿Cómo evocas todo eso para seguir dirigiendo, en tu memoria y en tu presente?

Para responderte eso, tengo que recordar la enorme satisfacción que sentí cuando trabajé como asesor de la última reposición que hizo Roberto Blanco de ese gran momento del teatro cubano cubano que fue María Antonia. Eso lo recuerdo muy nítidamente. Ya era algo que tenía una vida, y fui parte de esa resurrección. Roberto sabía enseñar, sabía orientar, partiendo de su gusto, su maestría, su cultura. El grupo Irrumpe fue mi segundo Instituto Superior de Arte, y estar con él me hizo responsabilizarme de diseño, escenografía, dramaturgia. El sabía en lo que yo andaba, y cuando me separé de él, creo que fue un acto de desarraigo propio de los grandes. Hizo que me salieran mis propios brazos y piernas. En cada ensayo que hago, me resulta muy difícil no sentir la presencia y el gusto de Roberto Blanco, como lo sentí cuando fue a esa función que tú recuerdas.

Has trabajado por lo general con textos de autores clásicos o de gran importancia en el teatro mundial contemporáneo: Pero algo que distingue a tu teatro es la una intención de recordarnos que esas obras están haciéndose en Cuba, desde un lenguaje y un color cubano, mirando a una realidad tan curiosa como la nuestra. ¿Por qué, haciendo obras de Chéjov, Racine, Tennessee Williams o Sartre, escoges ese camino ante un público que goza en saberse provocado?

Desde la Trilogía, creo que mi interés, y el de muchos directores y artistas que también arrancaron en aquella época, era hablarle al público de hoy, de los problemas que enfrenta. Hoy estamos haciendo Shakespeare, pero estamos hablando de lo que uno vive, de lo que uno quiere cambiar, de los sueños y las frustraciones de uno.

Quizás por la inercia que hubo en un momento, al inicio del Período Especial, yo tuve la posibilidad de hacer un teatro de lujo, con puestas como La Niñita querida, de Piñera; o El público, de Lorca. Yo creo que el espectador que va a ver hoy nuestros espectáculos es el mismo de aquellos días, y han ido creciendo con cada puesta en escena. El público entendió la ausencia, el silencio, la manera en que se hacía o no el teatro en el momento más difícil, y ha seguido con nosotros, porque sabe que queremos relacionarnos con ellos.

Ahora, con el cine-teatro Trianón, nuestra sede, recién remozado, comienza una nueva etapa de reposiciones y estrenos en la que esperamos ver renovado también a ese conjunto de espectadores. Siempre digo que al teatro hay que cuidarlo y me refiero a eso. No a que se cuide el edificio y se le dé una mano de pintura de cuando en cuando, sino a que hay que cuidar lo que hacemos en el teatro, y el modo en que se coloca al público ante ese fenómeno. He tenido suerte en ese sentido, y tengo un público que entiende qué clase de actores trabajan ahí, qué color o atmósfera buscamos, qué va a ver, y sabe leer ciertos códigos. Hemos formado un público, cubano y fiel a lo nuestro. Dejar de trabajar como lo hemos hecho delante de esas personas, sería un error imperdonable.

Ahora mismo, esta exposición nombrada con un refrán que aparecía en un telón de aquella puesta de Niñita querida, está convocando a buena parte de tus seguidores a reencontrarse con fotos, vestuarios, bocetos, carteles, imágenes donde ellos mismos han sido una parte esencial. “Lo que se sabe no se pregunta” fue también el título del Coloquio en el cual especialistas, críticos y estudiantes hablaron de tu obra. ¿Cómo sientes estos homenajes, tras veinte años de teatro? ¿Crees que te estimulen a dar otros veinte años más?

Estoy sintiendo hablar del trabajo que he hecho con mi compañía bajo una nueva mirada. A eso me refiero también cuando digo que al teatro hay que cuidarlo. Estoy muy contento con la exposición, lo que se ve no es un reciclaje ni una muestra convencional donde la gente ve trajes colocados en un maniquí y está todo pegado a la pared. Aquí se ha utilizado el material que conservamos para crear piezas nuevas, se ha jugado con el espíritu del grupo y se ha trasladado al sentido de la exposición. Eso me ha gustado mucho. La exposición ha querido darle vida al recuerdo de toda esa historia, colocándola ahí como una nueva vida. Pocas veces, en nuestro teatro, se ha hecho una acción como esta, y ha movido al público a pensar en la otra visualidad, la otra posibilidad del teatro, la que no siempre se ve, del otro lado de la escena. Me ha permitido darme cuenta de que he hecho mucho en muy poco tiempo. Y eso me ha dado mucha tranquilidad, porque me permite creer que la vida de Teatro El Público es una vida sana, para bien de nuestro teatro.

Los veinte años que vendrán no tienen por qué seguir la huella de estos otros veinte. Quizás ahora aparezca la tranquilidad, pero nunca estará el cansancio. Sí me siento mucho más maduro, ya tengo la garantía de saber cómo entrarle a una obra, a un nuevo proceso con los actores. Creo que podría estar cien años haciendo teatro, porque no sé hacer otra cosa, y me urge el teatro.

No me gusta dar clases; sin embargo ya es el segundo año en que monto una obra para hacer una graduación con muchachos que vienen de la Escuela de Arte. Eso es un lujo. Tener en las manos ese talento te permite nutrirte de esa sangre, y puedes ver cómo ellos van dando el salto de un día a otro. Hay una zona del teatro que viene que le pertenece a los jóvenes, y a mí me gusta trabajar para que entiendan eso, para que lo vivan y lo hereden. Creo que eso me va a tener ocupado durante los próximos veinte años. Y como se decía en La Niñita Querida: ¡qué viva quien venza!

Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, 1971). Poeta, dramaturgo y crítico, graduado en la Facultad de Artes Escénicas del ISA. Trabaja como asesor teatral y editor. Ha publicado varios libros de poesía, teatro y ensayo.