Saturday December 16, 2017

Mario Coyula: “Hay que hacer buenos ejemplos demostrativos”.

En el aniversario de su fallecimiento, compartimos una entrevista final con un arquitecto imprescindible

El architecto y urbanista Mario Coyula Cowley (1935–2014)

Cortesía de neoclubpress.com

Que en Cuba la arquitectura fue secuestrada por la construcción fue una de las ideas reiteradas por el prominente arquitecto y urbanista cubano Mario Coyula Cowley (La Habana, 1935-2014). A lo largo de su fructífera vida, Coyula expuso sus acertadas opiniones a través de artículos, conferencias magistrales y entrevistas donde señalaba los principales conflictos de la arquitectura cubana desde enero de 1959 hasta la actualidad.

Desde los diferentes roles que ejerció, Mario pudo estar en disímiles escenarios lo cual le permitió ser uno de los principales críticos especializados en temas de arquitectura y urbanismo en la Mayor de las Antillas.

En su intensa trayectoria, Mario se desempeñó como Doctor en Ciencias Técnicas y Profesor de Mérito del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echevarría, fue director de Arquitectura y Urbanismo de La Habana, integrante del Grupo para el Desarrollo Integral de la capital y primer presidente de la Comisión de Monumentos de La Habana. Recibió el Premio Nacional de Arquitectura y el Premio Nacional de Patrimonio Cultural, por la Obra de toda la Vida.

Coyula recibe el Premio Nacional de Patrimonio Cultural en 2013, por la obra de toda la vida.

Cortesía de habanaradio.cu

¿Por qué después de 1959 dejaron de hacerse grandes inversiones en la Capital?

Fue una razón política y de justicia social. Además, recordemos que la mayor parte de los dirigentes de la Revolución no eran de La Habana, sino del interior del país, donde existía una especie de prejuicio: ver La Habana como la mujer bonita que se lo gastaba todo, y no dejaba nada para el resto del país.

Entonces se tomó la decisión de desarrollar la arquitectura en el resto del país y esa medida detuvo el crecimiento de La Habana. Fue una de las pocas capitales latinoamericanas que creció a un ritmo inferior al del crecimiento del país, y eso sucedió durante muchos años.

La decisión del gobierno fue desarrollar el resto del país, incluso, focalizar en inversiones, nuevos puestos de trabajo, fábricas, vaquerías, obras sociales, hospitales. Fue una política creo que correcta pero se mantuvo por demasiado tiempo. Además, una cosa es no hacer inversiones nuevas y, otra, no volver a reparar lo construido. La capital se fue dejando caer, eso es una estupidez incluso desde el punto de vista económico.

Cuando yo integraba el Grupo Para el Desarrollo Integral de la Capital, un especialista planteó que La Habana costaba mucho repararla, alrededor de 3 mil millones de dólares. Le contesté que si no era lógico gastar dinero en conservar una ciudad que tiene un valor tremendo. Esa es la mentalidad que muchas veces no tenemos.

Recuerdo la lucha del doctor Eusebio Leal al principio para arreglar la Habana Vieja. Había quienes planteaban demolerla, porque no sabían cómo enfrentar ese problema. Felizmente, no lo pudieron hacer: no había dónde alojar a más de 70 mil personas que vivían allí. Se encontró la manera de que el desarrollo del Centro Histórico lo costeara la propia Oficina del Historiador de la Ciudad.

Esa es una de las genialidades del historiador Eusebio Leal: haber demostrado su teoría. Es algo que debemos extender al resto del país: si tú lo ves como una carga que tienes en la espalda, estás perdido. Si lo ves como una inversión, resolverás muchos problemas.

¿Cuál fue la lógica imperante en las nuevas construcciones, que se hicieron en el resto del país?

Después de los años 60, fue la etapa donde la arquitectura fue secuestrada por la construcción y, por lo tanto, dejó de ser arquitectura. El interés por la belleza, la funcionalidad, la expresividad, se perdió. El problema era cumplir la meta como fuera. Lo curioso es que se empezó a rechazar la belleza por la supuesta necesidad de hacer muchas buenas construcciones. Lo que sucedió al final es que teníamos pocas edificaciones, feas y mal construidas.

En la actualidad, sigue esa misma mentalidad. Todavía cuando se habla de planes de obras se sigue pensando en la grúa, el sistema Gran Panel, tecnologías costosas, lentas, con inversiones en plantas de fabricación. Luego debes asumirlas, aunque te des cuenta de que ya no funcionan. Es increíble, no se aprende de los golpes. Se piensa en el edificio pero no se piensa en el entorno, el paisaje, los servicios y la infraestructura.

La última vez que se pensó así fue a inicios de 1959-1961, en los llamados edificios de Pastorita, en La Habana del Este. Salieron 8 mil viviendas completas, con círculos infantiles, escuelas, áreas verdes, tiendas, policlínicos, calles interiores, espacios para parqueos. Cuando uno no termina una urbanización se queda a la mitad. O peor todavía, los obreros la hacen improvisadamente. Al final, es una porquería.

La Casa Duplex de Coyula, diseñado para la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos

Cortesía de Isabel Rigol

¿Qué alternativas pudieran desplegar los llamados cuentapropistas, el Estado, las cooperativas no agropecuarias, para darle una nueva vida a La Rampa?

Hace falta la actuación de todos esos actores sociales, pero con proyectos buenos. El problema es que nos encontramos en un círculo vicioso. Lo he escrito, lo he dicho pero hay prejuicios en autorizar el trabajo privado de los profesionales en su propia profesión. Que un arquitecto no pueda tener un taller privado es una locura. ¿Quién va a garantizar que esas pequeñas cafeterías que abran los particulares o el Estado tengan una expresión constructiva bien pensada, bien proyectada?

Se habla de rescatar el control urbano en todo el procedimiento de las licencias de obras. Pero la licencia de obra se hace contra un proyecto. ¿Dónde están los profesionales que van a hacer esos proyectos de cafeterías, paladares, comercios privados y estatales?

Creo que se debe volver a implantar la licencia de obra y eso implica retomar los proyectos. ¿Qué puede hacer una Empresa Estatal en el sector privado? Las empresas estatales son las encargadas de los aeropuertos, obras grandes como la Terminal del Mariel, no de las cafeterías particulares.

En estos momentos, nadie se encarga de los proyectos chiquitos que son los que arman la ciudad porque están a la altura del observador. Cuando uno se mueve por la urbe lo que ve es el frente y, lamentablemente, lo que gente pone al frente tapa la fachada que un día fue bonita. Hoy las fachadas están detrás de car porches, garajes, talleres, tinglados que la gente ha ido haciendo para la venduta de algo.

Muchos arquitectos desean unirse en cooperativas pero el Ministerio de la Construcción no está de acuerdo, como si la arquitectura en Cuba fuese propiedad de ese ministerio.

¿Por qué no se ha multiplicado la experiencia de los Talleres de Transformación Integral del Barrio (TTIB)?

Porque existían prejuicios. Primero, la idea de integral horizontalmente sobre el territorio las acciones verticales de los distintos organismos, fue aceptada a regañadientes. Solo se aceptó a niveles muy altos porque es políticamente correcta pero no por los que la tenían que aplicar, la veían como una interferencia: nos estábamos metiendo en su campo de dominio.

Recuerdo haber conseguido para un proyecto –mediante colaboración con una ONG extranjera- una máquina portátil para hacer bloques, una de las cosas típicas de industrias locales para resolver una necesidad a nivel de barrio. Entonces fue una pelea a muerte, los funcionarios de la construcción en el municipio decían que la máquina tenía que ser para ellos.

Nosotros promovimos en los talleres pequeñas empresas como una industria artesanal en la Güinera, donde las mujeres confeccionaban artículos tejidos como bolsas y carteras a partir del jacinto, una planta de agua que tiene unas fibras muy buenas para tejer. Enseguida apareció la Dirección Provincial de Artesanía, y dijo que el taller lo debían administrar ellos.

Había ese tipo de mentalidad y lo que no se entiende, asusta. En realidad los TTIB constituyen un elemento – no diría quizás necesario- si muy conveniente para que la democracia a nivel de base funcione frente a las líneas verticales que vienen dictadas desde un Ministerio hacia abajo. Esos dirigentes nunca se enteran de lo que la gente realmente quiere. No le preguntan al que va a recibir un producto si le gustaría o no de esa manera, si quiere esa u otra cosa.

Teóricamente debían existir un Taller por cada Consejo Popular de la Capital para garantizar la continuidad del proyecto, y solo quedaron 20. Los delegados son elegidos, van y vienen, y cada vez que llega uno nuevo hay que explicárselo todo. Pero los talleres se quedan porque son la fuerza profesional de un Consejo Popular.

¿Cómo se puede enfrentar el tema de la banalización presente en las nuevas obras construidas?

Es muy difícil resolver este problema, se han perdido las pautas de comparación. Un albañil, antes de la Revolución, había aprendido de su padre que, a lo mejor, había trabajado con importantes arquitectos en algunos de los palacetes del Vedado. Eran cuidadosísimos, de muy buen gusto, con enorme habilidad práctica.

La Habana del Este quedó bien porque todavía los obreros no habían aprendido a construir mal; la calidad funcionaba sobre la  base de la exigencia. El problema está en el punto de comparación. Es importante buscar la calidad sin importar el dinero que se gaste, como hizo Celia Sánchez en el Parque Lenin.

Vista aérea del Parque Lenin

Foto de Mayte Moyasky, cortesía de skyscrapercity.com

Ya no existe el que sabe hacer bien las cosas, o se queda callado para no buscarse un problema. Es importante hacer algunas obras con mucho cuidado en lugares visibles. Con la Revolución se construyó fuera de La Habana, después en la periferia de la capital, incluso en proyectos del arquitecto Salinas con acceso restringido en áreas militares o en oficinas del MINFAR. Hay que hacer buenos ejemplos demostrativos.

¿Por qué no se promueven y socializan más las ideas y proyectos que se generan desde la Facultad de Arquitectura de La Habana?

En la calle hay muy poca promoción de lo que se hace en la Facultad. Una parte de la explicación radica en que la CUJAE está muy lejos, y a todo el mundo le cuesta trabajo salir de allí después que han llegado.

Se han inaugurado exposiciones en la Casa de las Tejas Verdes, en La Habana Vieja, en la UNEAC, pero no son suficientes. Habría que hacer más, que se vean por la televisión para mostrar imágenes de buenas obras, aunque sea inventadas, y así la gente puede saber qué está mal hecho y qué está bien.

Hay periodistas sin asesoramiento que ponderan una obra: hablan de la brigada que la hizo, del chofer y nunca mencionan al arquitecto que la proyectó pues no tienen preparación para valorar si quedó bonita o  no. Muchas veces venden como bonitas cosas mal hechas y feas, poco funcionales. La crítica cae mal porque siempre hay un funcionario detrás que se siente aludido.

El problema no es tecnológico, es organizativo, de motivación, estructural, de raíz, de fondo. Se debe hacer un uso apropiado de la tecnología en dependencia del lugar y de las circunstancias, sin caer en el engaño de que vamos a resolver el problema de la vivienda en Cuba con el acceso a mejores tecnologías.

Antes, cuando se hacía una obra especial se buscaba al mejor arquitecto de Cuba. Y él seleccionaba un grupo de arquitectos e ingenieros que iban a crear sus proyectos en una oficina, con todas las condiciones materiales y espirituales garantizadas. Así hacían Celia Sánchez y Pastorita Núñez.

Y los resultados de muchos concursos, ¿dónde están?

Hace diez años, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba lanzó un concurso para intentar reparar las aceras de La Rampa e incluir nuevos mosaicos con obras de artistas más contemporáneos. Solo logramos emplazar una en la esquina del parque El Quijote. Los concursos animan a las personas. Alternativas hay.

Hemos hecho proyectos para casi todos los lugares de La Habana: para rehabilitar la calle Cuba, el Barrio Chino de La Habana, el puerto habanero, La Rampa, la Plaza de Cuatro Caminos, la Aduana  y la Fábrica Tivolí, en el Cerro, donde se aspiraba a construir un centro cultural. Hay que invertir pensando que quizás puedas sacar dinero después.

Mi deseo es que Galiano vuelva a ser la calle comercial de Cuba, rescatar la calle Colón y que se haga factible el proyecto de convertir la central termoeléctrica Otto Parellada (Tallapiedra) en un Museo de Arte Moderno o de la ciencia y la tecnología. Muchos lugares del mundo han rescatado áreas deprimidas de la ciudad y han hecho en ellas museos, filiales de las universidades, donde los jóvenes animan las calles y luchan así contra la prostitución y las drogas. Son inversiones que vale la pena hacer.

El architecto y urbanista Mario Coyula Cowley (1935–2014)

Cortesía de youtube.com

Maya Quiroga Paneque (La Habana, 1976). Licenciada en Química en la Universidad de La Habana, ha realizado diplomados en Periodismo, Locución. Graduada de Dirección en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del ISA. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y del Círculo de Periodistas Culturales. Ha trabajado como reportera y redactora cultural para canales y programas televisivos de la isla.