Friday December 15, 2017

Lezama por Cañas: el descanso del maestro.

Un fotógrafo cubano clásico rememora su visión de un gigante de las letras cubanas.

El escritor José Lezama Lima con el retrato pintado por Mariano Rodríguez en 1941.

Foto por Iván Cañas.

En el otoño, el afamado escritor cubano Leonardo Padura recordó un importante hecho literario:

“Fue en 1966, con la aparición de la única novela publicada en vida por el cubano José Lezama Lima, que se desató en la isla uno de los escándalos más recordados por quienes vivieron en aquella época homofóbica y donde prevalecía una literatura épica que nada tenía que ver con las proposiciones estéticas de quien es hoy un escritor canónico de la literatura hispanoamericana.

Quienes pedían a la literatura un compromiso con la realidad revolucionaria posterior al triunfo de 1959, no podían comprender el desafío de una obra difícil, casi hermética, cuyo capítulo ocho, y sus referencias homoeróticas, molestaba a los opacos funcionarios de la época, que no entendían de diversidad sexual ni de hermetismos expresivos…..Cincuenta años después, la mayoría de los académicos considera a Paradiso como uno de los libros más importantes del español escrito en el siglo XX.”

Lezama Lima falleció en 1976, olvidado por la burocracia cultural del momento. Sin embargo, en 1969 un joven fotógrafo cubano, Iván Cañas, de la redacción de la revista Cuba, había penetrado en la casa de Trocadero 162, junto al pintor y diseñador Raúl Martínez, y registró para la posteridad la imagen de un escritor abierto y locuaz. CAN quiere ofrecer, en homenaje a Lezama Lima, las palabras de presentación de la exhibición de “Lezama Inédito”, muestra de 30 fotografías de Iván Cañas que debió efectuarse en la Casa Museo Lezama Lima en el año 2015.

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Junto a Lezama el pintor y diseñador cubano Raúl Martínez.

Foto por Iván Cañas.

En 1966, Iván Cañas pasaba un curso de Fotografía y Diseño Gráfico con Raúl Martínez. Ya me hubiera gustado a mi tener la misma suerte, pero nací ese año y por consiguiente no podía ser posible, tampoco que aquel mítico y decisivo pintor cubano me condujera a casa de Lezama. Llegué allí y descubrí el universo lezamiano ya cuando el lugar se había convertido en el museo que hoy día frecuento, para reencontrar a los amigos con una asiduidad nunca suficiente.

Lezama y el joven fotógrafo Iván Cañas en 1969.

Foto por Iván Cañas.

Entre los finales de la década del 60 e inicios de los 70, Cañas visitó a Lezama y atrapó el ámbito del escritor con fotografías en blanco y negro; conjunto que suma testimonios al muestrario documental de uno de los más auténticos escritores cubanos. Fotografiado por el venezolano Paolo Gasparini o por el cubano Chinolope, el Lezama de cañas también ofrece la visión de un hombre afable, conversador, amigo de sus amigos, abierto a los jóvenes que acudían a su encuentro como a una cita con el destino. Expuesto al lente, permitió que la historia de la fotografía latinoamericana penetrara su vida y su entorno.

Las conocidas imágenes donde aparece rodeado de escritores bebiendo, conversando, envueltos en el humo de su tabaco, en un espacio que le pertenecía por derecho y encanto, están grabadas en mi memoria; a ellas añado ahora estos lugares íntimos, fragmentos de una casa que también he podido hacer mía. Esas fotografías de un señor mayor en todos los sentidos, en medio de su ambiente natural, de casi absoluta intimidad, provocan las confesiones que siempre he guardado solo para mí.

Lezama ante una escultura del jardín del Museo de Artes Decorativas.

Foto por Iván Cañas.

Es la casa, la luminosidad de Centro Habana, las sombras de la arquitectura humilde, la percepción del olor de las calles de la capital. La sutil barrera del Prado: abajo, La Habana Vieja y el hotel Plaza recibiendo al caminante; unos pasos más y se puede ver la placita de Albear o deambular por Obispo. En cambio, mi perspectiva favorita está en la entrada del Museo Nacional de Bellas Artes, si le doy la espalda y vuelvo para atravesar Prado, dejando de lado el hotel Sevilla llegaré a casa de Lezama, con sus columnas justamente barrocas en el portón y podré buscar los recuerdos que el hogar me ofrece.

Recostado en su ventana: Lezama, "El hombre tabacon".

Foto por Iván Cañas.

Recostado en su ventana, abierta a la Habana del Centro, con el tabaco de siempre, lo mira (a Cañas); me mira, nos observa, descansadamente… y puedo, desde este lado de la frontera, sentir el humo, percibir el olor de las hojas enrolladas, secas, quemadas para deleite de los fumadores. Lezama íntimo y hospitalario bajo el sol de La Habana, un señor en reposo, casi sonriente.

El fotógrafo, tan alabado por su capacidad de recoger las señales de los rostros y la poesía de los gestos, me regala la vida cotidiana de quien para muchos es inspiración y leyenda.

"Era un hombre que no le gustaba posar, no le gustaba la fotografía. Lo que pasa es que you le caí bien," comenta Cañas.

Foto por Iván Cañas.

Algunas imágenes muestran los libros, dispuestos en ese pequeño desorden que no es más que el orden de su dueño: apilados, recostados, con el lomo a ojos vista o vueltos, según fueron llegando al librero. Todo estante no es más que una casa, un refugio para el libro y la convivencia con una gran familia, hecha de hojas, cartón y tinta. En el estante de Lezama quisiera tener casa, rincón y amparo.

En otras están las pinturas, las que puedo ver hoy y las que no. Mariano en primer plano, por supuesto. ¿Dónde está mi preferida?... la de Arístides Fernández no la veo, pero se donde encontrarla, como las mujeres de su vida camino –esa “medida sin desperdicios”– rumbo al cuarto, cerca de la cama y los recuerdos de familia.

El escritor de "Paradiso" junto a María Luisa Batista Treviño, su esposa.

Más de una vez se me ha permitido tocar las paredes, trabajar para lo que es más que un museo, ilusionarme con la idea de que le rindo tributo, que puedo sentir su pasos, su roce en las paredes ¿Qué me da en este día el fotógrafo? No solo un documento, no una mera referencia a esa época que no viví. Muy cerca, bien adentro, abre con llave maestra mis sentidos.

El escritor junto a su nodriza Baldomera Mazó Antón, quien sirvió de modelo para la Baldovina en la novela Paradiso.

Foto por Iván Cañas.

Casi incorporado en el sofá de madera y rejilla, Lezama se hace acompañar de una anciana, personaje fundamental en la novela de su vida, y estos fragmentos de cotidianeidad quedan recogidos, acunados en la capacidad de otro artista que, si bien fotógrafo, algunos han calificado de poeta. Llamarlo así no es exagerado, porque los poetas construyen sobre el ritmo y las pausas, y las descubro en la falda de María Luisa, discreta y humilde túnica moviéndose camino al Prado. La pareja se enlaza sobre las calles de La Habana y lentamente avanza.

Lezama y esposa cruzando el Prado.

Foto por Iván Cañas.

De regreso a la casa –no a la mía, sino la de Trocadero– yo también  descanso y confirmo lo que aprendí de niña en la habitación de mi padre: el verdadero paraíso está donde se funden el olor de los libros y el tabaco y el sonido de la máquina de escribir y la luz del papel blanco… para siempre.

Silvia Llanes es una curadora y crítica, y la directora de la colección de las artes plásticas, Casa de las Américas, La Habana.